La clara luz del mediodía te ciega cuando abandonas las oscuras entrañas de la pirámide, mudo testigo del paso de las eras. En tu mano el ansiado premio a tus desvelos: el ídolo dorado de Atzlán, muestra del arte litúrgico de la perdida Atlántida. Cuando tus ojos se adaptan a la luz puedes ver un par de decenas de fusiles apuntándote y tras ellos unos malencarados soldados alemanes de uniforme negro.

Con gesto marcial y orgullo prusiano se adelanta el barón Von Drachenfeld aparentemente repuesto después de su caida libre sobre Sierra Madre a resultas de vuestro duelo a espada en el zeppelin del barón...

Bienvenidos a la aventura, la emoción y la intriga de Mundo de Héroes

lunes 2 de enero de 2012

Recia


Año de Nuestro Señor de 474, provincia de Recia, Imperio Romano de Occidente

Mientras muy al sur Julio Nepote es nombrado Emperador con todos los honores y el boato  acostumbrado la lluvia cae a mares sobre las anegadas tierras apenas civilizadas de la frontera norte del imperio. Las ruedas del carromato se atascan constantemente y todos los miembros de la caravana han de arrimar el hombro para sacarlo de los profundos surcos que va dejando en el barro de los caminos. Es evidente que el gobernador no ha considerado de importancia dotar a este camino de empedrado o tan siquiera gravilla y el barro abraza las piernas de los viajeros intentando dejarles sin calzado.

Hacía tres días que habían partido de Castra Regina hacia el norte camino del último puesto fronterizo de la Legio III Itálica y del poblado que junto a él ha surgido. Tres días para hacer un viaje que no lleva más de una jornada, un viaje que se ha complicado terriblemente con las incesantes lluvias y el mal estado de los caminos. Los viajeros formaban la  compañía itinerante de Altus el Magno, un personajillo de aspecto ratonil que no tiene nada de grande pero si de fatuo y engreído, unos cuantos músicos de calidad dudosa, un germano grande como un buey, una bailarina gala mas apreciada por su atractivo que por su arte y un cantor tan excepcional que todo el mundo se pregunta cómo ha acabado en una compañía como esta, y del que se suponen turbios y sórdidos secretos. Completan la compañía dos muleros y la querida de Altus que viaja en el carromato y se encarga de remendar los vestidos. 
Altus tiene apalabrada una actuación en el poblado y además lleva un arcón muy pesado en la trasera del carromato que solo Ursus es capaz de mover y al que Altus no quiere que nadie salvo él se acerque. Podría parecer sospechoso e intrigante si cualquiera en la compañía no supiera que Altus trafica con armas con las tribus al norte de la frontera. La verdad es que a nadie le importa lo suficiente el tema como para hacerle ver que hace el ridículo intentando ocultarlo cuando es algo tan evidente.

Finalmente, al coronar una pequeña loma, que gracias al lento paso y las frecuentes paradas que propiciaba el estado de ruedas y camino más parecía una ladera del Monte Olimpo, pudieron atisbar su destino: 
Llamar pueblo al conjunto de casas que se arraciman alrededor de la torre fortificada que mantenía la Legión es extremadamente generoso. Un conjunto de casas de madera y cañas rodeaba una torre de tres alturas de piedra grisácea con manchas verdosas de musgo. Un espacio abierto frente a la puerta de la torre hacía las veces de plaza y en ella se podía ver un alto poste de madera desbastada cuyo fin no podían imaginar.

- Nos espera nuestro público .- Exclamó Altus con sus bigotillos moviéndose con la brisa como los de una rata excitada.

- Menudo montón de mierda.- Murmuró Ursus, pero su vozarrón retumbate hizo que media compañía riese con sus palabras.

lunes 12 de diciembre de 2011

Sombras

Allí había algo, estaba seguro. Sin embargo todos los sensores se empeñaban en indicar lo contrario, ninguno de los sensores le daba la razón a su intuición, ninguno captaba nada por más que se empeñase en pasar rutinas y barridos de todos los sensores activos con los que contaba la fragata. Todos indicaban que no habia nada que ver alli. Pero el alferez Takuan estaba convencido de que algo se ocultaba en la zona.
Había sido un solo instante, una pequeña señal en los sensores gravimétricos, provocada quizá por una fluctuación en el campo de camuflaje de una nave, o un error de calibración. Pero Takuan realizaba los calibrados con una atención enfermiza, nunca fallaban. Llevaba horas pasando barrido tras barrido, esforzándose volver a ver aquello que había captado antes, pero el resultado era descorazonador.

El capitán Marsa, de la fragata federal Agor observaba con fastidio a su oficial. Takuan era el mejor pero era tan perfeccionista que rayaba la obsesión, era obvio que allí no había nada ¿Por qué se empeñaba en seguir buscando? Era realmente frustrante, pero le había dado permiso para seguir buscando mientras siguieran en el sistema. En diez horas saltarían abandonando este cuadrante y la infructuosa búsqueda. No veía el momento de salir de allí.

Habían pasado horas, estaban a punto de abandonar el sistema, Takuan notaba los ojos saltones del capitán Marsa clavados en su escuálida nuca. Sabía que estaba agotándose la paciencia del oficial pero no podía evitar seguir buscando como no podía evitar respirar. Allí no había nada, los sensores más avanzados de la flota decían que no había nada: térmicos, gravimétricos, láser... De repente una idea cruzó por su mente ¿Y si...?. Era absurdo pero no había nada que perder. Si la alta tecnología había fallado habría que probar con la baja tecnología... había que probar a buscar ópticamente. Encendió la consola del sistema óptico, una antigualla que algunas naves de la flota mantenían pero que estaba en desuso, apenas una palanca y una pantalla para controlar una red de cámaras ópticas. Fue cambiando de una cámara a otra, comprobando ángulos y coberturas para no dejar ni un punto del espacio sin revisar... Y entonces lo vio. O más bien no lo vio. Había un punto negro en el espacio, completamente negro, una mancha de oscuridad que en parte eclipsaba una nebulosa que podía verse en la lejanía.

- ¡Capitán! ¡Nave camuflada en las coordenadas 10,12,56 a 40 tars de distancia! - Gritó Takuan dando un salto de su asiento y volviendo la mirada hacia el capitán.

Marsa dudó apenas una fracción de segundo, Takuan era fastidioso, cargante y pedante pero nunca se había equivocado hasta ahora.

- ¡Artillero, carga armas principales! ¡Puesto tres, prepara la RDA! ¡Timonel, apunta hacia las coordenadas 10.12.56! ¡Zafarrancho de combate!

La fragata pareció despertar mientras se activaban las armas y puestos de combate, los cientos de pequeñas torretas de la Red de Defensa Artillera (RDA) comenzaron a moverse para apuntar a las coordenadas de la nave camuflada, líneas de energía se activaron a lo largo de los enormes aceleradores de partículas que formaban el arma principal.

Prr'yat maldijo en siete lenguas diferentes y pronunció duros insultos contra la línea genética del capitán de la  maldita fragata que les había detectado. Después de un salto alocado al infraespacio habían acabado en ese solitario sistema, no esperaban encontrarse una fragata federal y mucho menos su insistencia en encontrarles.  ¡Por la gloria de Kraal! ¿Como les habían detectado? Fuera como fuese había que moverse rápido, no podrían aguantar un combate con esa nave y su única oportunidad era hacer un nuevo salto al infraespacio antes de ser reducidos a mesones. Gr'aal intentaba acelerar la carga de los motores infraespaciales pero el camuflaje consumía demasiada energía.
Los malditos carnesblandas sabían donde estaban y les iban a partir en dos en cualquier momento. Había que deshacerse del camuflaje, era inútil y solo consumía energía mucho más necesaria para cargar los motores.

Desactivó el campo de ocultación.

Takuan casi dio un salto cuando una nave apareció en todos los sensores simultáneamente. Un cutter clase Krogar equipado con un campo de ocultación muy avanzado, muy por encima de las capacidades normales de esta nave. Rápida, armada y equipada con un sistema de mimetismo tan avanzado seguro que estaba en una misión muy importante.

El capitán Marsa repasó los datos que le volcaban en su interfaz. Una nave incursora Dorkan. Acabaría con ella sin piedad, y los malditos cazadores dorkan perecerían, no habría disparo de aviso, no habría comunicación con ellos, no habría piedad. Los convertirían en mesones.

- Quiero esa nave hecha escoria ¡Abran fuego!

Las torretas de la RDA abrieron fuego alcanzando múltiples veces la pequeña nave de Prr'yat, abriendo surcos y agujeros en el blindaje. El disparo del acelerador de partículas sería la puntilla que les remataría.

- Acelerador de partículas disparando en 3, 2, 1... ¡No hay blanco! Abortando disparo.

En un momento la pequeña nave de la clase Krogar pareció retorcerse y desapareció sin dejar más que unos restos de escoria semifundida y de combustible líquido.

En otro lugar, a decenas de años luz de distancia un cutter artillado tripulado por tres cazadores dorkan se dirigía directo a un planeta del sistema solar al que habían llegado en su loco salto aleatorio. Los sistemas de estabilización no funcionaban, la nave había perdido más de la mitad del combustible y seguía perdiéndolo a una velocidad realmente alarmante y el ángulo de entrada en la atmósfera era cualquier cosa menos adecuado. Pero los dorkan no se rinden jamás, por desesperada que sea la situación. Prr'yat intentó enderezar la trayectoria mientras sus hermanos trataban de parchear como podían los impulsores de maniobra que se habían perdido en el ataque de la fragata. La nave entró en la atmósfera en un ángulo apenas adecuado y comenzó a arder, perdiendo capa tras capa de aislamiento. El calor era insoportable y bien sabían que cualquier carneblanda habría sucumbido a él, pero los dorkan podían aguantar el calor más abrasador.
Se activaron los frenos aerodinámicos y los retrocohetes pero la velocidad era excesiva, el cutter se precipitó hacia el suelo a una velocidad tremenda.

El impacto sacudió la tierra en kilómetros a la redonda, una bola de fuego derribó árboles y rocas a cientos de metros cuando la nave tomó tierra.

Y después, todo fue silencio.

miércoles 30 de noviembre de 2011

El hombre de negro

Paseaba por la ciudad una forma delgada y alta enfundada en una gabardina oscura. El cuello subido y el ala del sombrero ocultaban sus rasgos. Parecía un transeúnte cualquiera en la oscura noche. La suela de los zapatos repicaban sonoramente contra el asfalto mientras ojos furtivos le acechaban desde detrás de una esquina.


Se detuvo al ver salir dos individuos malencarados desde detrás de la esquina.


- Oiga amigo. ¿No tendrá unas monedas para tomar el tranvía? Es que aquí mi camarada y yo nos hemos quedado sin liquidez.



La voz del matón, rasgada sin duda por los excesos, parecía resbalar por la figura oscura, quien no pareció inmutarse, apenas parecía percibir que los ladronzuelos estaban allí.


- Eh, Curly, este tío te ignora. Seguro que tiene unas monedas para compartir, pero es un cerdo egoísta que no quiere ayudarnos a llegar a casa. Propongo que le demos una lección.


Ambos matones esbozaron una sonrisa cruel mientras sacaba de entre sus ropas navajas de hoja larga y estrecha, capaces de alcanzar el corazón de una persona de una puñalada. Mientras el primero que había hablado se adelantaba el otro comenzó a flanquear hacia la derecha.


El hombre de negro alzó la mirada, unos ojos azules como el hielo se fijaron en el atracador que se acercaba de frente. De repente, y sorprendiendo a todos comenzó a reír, lanzó una carcajada estentórea que reverberó en la calle vacía. Curly, cogido por sorpresa a punto estuvo de retroceder un paso hasta que, reponiéndose se abalanzó hacia aquel hombre que se había atrevido a reirse de él, en su cara, navaja en mano... Solo para encontrar su frente apoyada en el frío cañón de una pistola.
La luz de las farolas iluminaba una escena que parecía congelada. El hombre de negro, rígido como una estatua, sosteniendo en si mano una .45 cromada que mantenía apoyada en la frente de Curly, entre sus ojos. Curly inmóvil, sin atreverse casi a respirar para no provocar que sus sesos se desparramasen por el suelo. El único movimiento era el de su compañero que seguía desplazándose en silencio tratando de colocarse para atacar.
Curly vio pasar los siguientes segundos como si fuera una película en cámara lenta. Tom se lanzó al ataque lanzando una puñalada a la altura del cuello del hombre de negro pero este, antes de que la hoja le degollase, se movió a una velocidad apenas humana y una segunda .45 apareció en su mano izquierda. Antes de que Tom fuese consciente del movimiento tres balas se habían alojado en su pecho lanzándole en dirección contraria. Cuando cayó al suelo ya estaba muerto.


Todo había sucedido sin que el cañón cromado de la primera .45 se despegase de la piel de Curly, quien sintió un repentino calor en sus piernas.


- Curly ¿No? Bien, Curly, ya has visto lo que le ha pasado a tu amigo. Soy una persona generosa en mis apreciaciones y no creo que seas tan tonto como pareces. Tampoco creo que quieras decorar esta calle con tus sesos ¿Verdad?


Curly apenas podía mover la cabeza sin miedo a que se disparase el arma, su voz apenas salía entre sus resecos labios.


- Bien, estamos de acuerdo. No me apetece gastar más balas, no te imaginas lo caras que se están poniendo y, francamente, no mereces la pena. Solo quiero que me hagas un favor, ¿me lo harás?


Curly tragó saliva y asintió levemente, aliviado de encontrar una salida que no implicase una lápida para él.


- Este es ahora mi territorio. No quiero veros ni a ti ni al resto de escoria que infestáis este barrio. ¿Está claro? Al que no entienda estas instrucciones tan sencillas le meteré una bala entre ceja y ceja. Ahora hermano, ve y difunde mi palabra entre tus amigos. Tenéis dos días para desaparecer, si no ateneos a lo que suceda.


El hombre de negro levantó la .45 y Curly comenzó a correr en dirección contraria. Una tremenda detonación atronó en el callejón y una bala calibre .45 se alojó en la pantorrilla derecha de Curly, que cayó al suelo.


- No pensabas que te irías de rositas ¿no?


Una última carcajada llenó la calle mientras el hombre de negro desaparecía tras una esquina.

domingo 27 de noviembre de 2011

La caja de música ( II )


Un robo. Alguien había entrado en la casa del ricachón, un elegante ático con vistas a Central Park. Un idiota con suerte había entrado en la casa un día que míster dolaretti estaba de viaje, que su personal doméstico tenía el día libre y que el perro guardián estaba en el veterinario. Esa ramera de la diosa fortuna debía estarse divirtiendo de lo lindo.
El tipo había robado dinero en efectivo y joyas pero no había tocado obras de arte mucho más caras. La marca de un aficionado.
Sin embargo se había llevado una caja de música de aspecto mas bien vulgar. ¿Un recuerdo para su niñita de Papá Caco? Hay gente que tiene ganada una bala en el culo, por idiotas.
Y eso es lo que estoy buscando, una caja de madera de palisandro, con cantoneras de latón y con maquinaria alemana que toca ‘Para Elisa’ de Beethoven. Salvo por la elección de la madera podría ser cualquier chuchería comprada en un mercadillo. Pero un idiota la robó y a mí me pagan una pasta por recuperarla.

Un paseo por los peristas, un par de días pateando los bajos fondos de la ciudad, algún que otro soborno para cerrar alguna boca y abrir los oídos... y ya tenía al tipo. La verdad es que soy realmente bueno.

Pat McConner, un perdedor irlandés, torpe y borracho enamorado de una fulana. Ya sé donde ha ido a parar la cajita. No me molesto en visitar al irlandés, sé donde vive su chica. El único problema es que ya no tiene la caja. En algún momento de la noche ha perdido la caja, un montón de sangre y a cambio solo le han dejado un poco de plomo a la altura del pecho.

Esto empieza a ponerse interesante. ¿Que demonios tiene esa cajita para que la cambien por plomo?

jueves 24 de noviembre de 2011

La cámara


El corredor se mantenía apenas iluminado con las luces de emergencia. La rejilla metálica chirrió levemente bajo las botas de comando mientras Prr’yat avanzaba encorvado. La luz roja se reflejaba en su piel correosa y en sus ojos dándole un aspecto demoníaco mientras avanzaba hacia su objetivo. La puerta de servicio, una válvula hermética en forma de iris, no se resistió ante su manipulación y se abrió completamente con una vaharada de aire limpio. La vía a los corredores interiores de la estación estaba abierta. Prr’yat utilizó el comunicador para llamar a sus hermanos. Cerró la válvula a su espalda mientras y dejó en el suelo frente a él dos pequeños robot araña que avanzaron por el corredor transmitiéndole audio y video de más allá del recodo del pasillo.
Esperó.
Un contacto. Uno de los robot araña había captado una imagen termográfica que transmitió al visor de Prr’yat. Un tripulante, carne blanda, armado con un arma de cinto. Seguramente seguridad de la base. Su firme disciplina le obligó a permanecer en su posición en lugar de acabar con el carne-blanda. Llegaría su momento, esta no era una misión de búsqueda y destrucción, el objetivo era más importante. Dos luces rojas se iluminaron en el lateral del visor, sus hermanos habían llegado.
Los tres comandos avanzaron en silencio por el corredor precedidos por los robots araña. Los informes preliminares eran correctos, este sector apenas tenía tráfico, los pocos tripulantes que
encontraron fueron fácilmente evitados. Alcanzarían el objetivo sin que los estúpidos carne-blanda se percataran de nada. Atravesaron corredor tras corredor hasta alcanzar el complejo médico. Ahora las cosas se pondrían interesantes.
Dentro del complejo los robots araña detectaron seis firmas termográficas. Por su posición relativa Prr’yat llegó a la conclusión de que cuatro de ellas pertenecían a enfermos o convalecientes y otras dos a personal sanitario. Sería más fácil de lo esperado. Dio instrucciones a sus hermanos: Grr’aal y Prr’atall se ocuparían de desmontar la cámara y prepararla para transporte mientras él se encargaba de los sanitarios.
Prr’yat abrió la puerta de la enfermería y entró como una exhalación. El primero de los sanitarios murió degollado mientras el comando se ocupaba del segundo con un disparo que le atravesó la cuenca ocular y convirtió su cerebro en una masa hirviente. Mientras tanto Grr’aal y Prr’atall tenían desmontados los anclajes de la cámara y la estaban cargando sobre los soportes anti-gravedad para su transporte. Primer fallo de la operación. Tres minutos no era un tiempo aceptable, en cualquier momento saltarían las alarmas.  Cuatro minutos y estaban saliendo al corredor principal.
Dos nuevos robots araña cubrían la retaguardia mientras Prr’yat avanzaba por el corredor y sus hermanos arrastraban la cámara. Sin incidentes. Atravesaron la válvula iris hacia el corredor de mantenimiento. Sin alarmas. Alcanzaron el punto donde habían hecho su propio punto de amarre atravesando el casco de la estación y entraron en la pequeña nave de infiltración. Mientras Prr’yat arrancaba los motores de la nave Grr’aal y Prr’atall aseguraron la cámara en la zona de carga. La misión había sido casi perfecta.
O no.
La sonda que habían introducido en el sistema de la estación captó una señal de alarma. Habían detectado la señal de la nave al encender los motores y se habían activado las defensas de intercepción.
Prr’yat activó los escudos al máximo, transfirió toda la energía de los sistemas de armamento a los motores para sobrecargarlos. El campo de camuflaje fluctuó brevemente mientras se reajustaba el flujo de energía mostrando una estilizada nave de color negro que enseguida desapareció de la vista al reactivarse el camuflaje. Voló el umbilical que le unía a la estación con una carga explosiva mientras los motores impulsaban a máxima potencia la pequeña nave. Sabía que a los ordenadores de tiro les costaría fijar el blanco pero podrían cazarles por saturación de fuego por lo que lo mejor sería alejarse todo lo rápido que fuesen capaces. Varios impactos sacudieron la nave mientras se alejaba de la estación, sin embargo los escudos aguantaron y los daños eran despreciables. La misión había sido un éxito, la cámara era suya.

lunes 21 de noviembre de 2011

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La caja de música ( I )


Otra noche en la ciudad.

El humo azulado del cigarrillo se elevaba en una columna delgada, con zarcillos que ondulaban en la brisa como señales indias.

Otra noche fría y solitaria en la maldita ciudad.

Subí más el cuello de la gabardina escondiendo el propio y maldiciendo mi propia estupidez al no haber venido mejor preparado. El sombrero calado hasta las cejas apenas me permitía ver las sombras que se movían ante mí en la calle.
‘Es un trabajo fácil’ me dijo. Por supuesto que iba a picar. Siempre pico cuando Mónica me pide algo. Me pierden las pelirrojas. ‘Solo tienes que recuperar una caja de música, algo con valor sentimental para alguien que va a pagar muy bien por ella’. No parecía nada especialmente difícil. Perra suerte la mía.

Todo había empezado bien.

Era un día como otro cualquiera. Estaba tranquilamente sentado en mi despacho revisando un caso que estaba a punto de cerrar, una vigilancia a la mujercita de un empresario. Un caso mortalmente aburrido, una preciosa jovencita casada con un ricachón que no solo no le ponía los cuernos si no que parecía una esposa modélica. Si por lo menos se estuviese beneficiando al chofer podría haberme divertido sacando las fotos. Perra suerte.
Cuando Mónica entró en el despacho ya sabía yo que iba a tener problemas. Es una mujer que lleva escrito ‘Peligro’ en la frente. Ojos verdes como las esmeraldas, pelo rojo como el cobre y un cuerpo de infarto enfundado en un elegante traje de chaqueta gris. La última vez que la vi no vestía tan elegante, debe haber pescado a algún idiota.
No saludó, parecía que nos hubiésemos visto unos minutos antes y no hacía ya casi tres años. Después de alabarme el ego hablando de mi excepcional trabajo en un caso anterior pasó directamente al ataque: Era la secretaria de un hombre muy importante, rico y sin embargo muy sentimental. Este hombre sin nombre había perdido algo, una caja de música antigua que había pasado de padres a hijos durante generaciones en su familia. Quería recuperarla. Y para ello estaba dispuesto a pagar una cantidad desorbitante de dinero.
Ya he dicho que me pierden las pelirrojas, y esta en concreto ya ha sido mi perdición más de una vez. Pero tampoco soy tan idiota y esto olía fatal desde el principio. ¿Por qué una persona de sus recursos no había contratado los servicios de una agencia mas prestigiosa que, por el mismo precio, le pondría tres detectives y todavía le regalaría una botella de buen bourbon para la espera? Estaba claro que algo turbio había en el asunto, pero ¿que haríamos los detectives de medio pelo y mala reputación si no fuera por los asuntos turbios?. Por supuesto que acepté. Perra vída la mía.