Año de Nuestro Señor de 474, provincia de Recia, Imperio Romano de Occidente
Mientras muy al sur Julio Nepote es nombrado Emperador con todos los honores y el boato acostumbrado la lluvia cae a mares sobre las anegadas tierras apenas civilizadas de la frontera norte del imperio. Las ruedas del carromato se atascan constantemente y todos los miembros de la caravana han de arrimar el hombro para sacarlo de los profundos surcos que va dejando en el barro de los caminos. Es evidente que el gobernador no ha considerado de importancia dotar a este camino de empedrado o tan siquiera gravilla y el barro abraza las piernas de los viajeros intentando dejarles sin calzado.
Hacía tres días que habían partido de Castra Regina hacia el norte camino del último puesto fronterizo de la Legio III Itálica y del poblado que junto a él ha surgido. Tres días para hacer un viaje que no lleva más de una jornada, un viaje que se ha complicado terriblemente con las incesantes lluvias y el mal estado de los caminos. Los viajeros formaban la compañía itinerante de Altus el Magno, un personajillo de aspecto ratonil que no tiene nada de grande pero si de fatuo y engreído, unos cuantos músicos de calidad dudosa, un germano grande como un buey, una bailarina gala mas apreciada por su atractivo que por su arte y un cantor tan excepcional que todo el mundo se pregunta cómo ha acabado en una compañía como esta, y del que se suponen turbios y sórdidos secretos. Completan la compañía dos muleros y la querida de Altus que viaja en el carromato y se encarga de remendar los vestidos.
Mientras muy al sur Julio Nepote es nombrado Emperador con todos los honores y el boato acostumbrado la lluvia cae a mares sobre las anegadas tierras apenas civilizadas de la frontera norte del imperio. Las ruedas del carromato se atascan constantemente y todos los miembros de la caravana han de arrimar el hombro para sacarlo de los profundos surcos que va dejando en el barro de los caminos. Es evidente que el gobernador no ha considerado de importancia dotar a este camino de empedrado o tan siquiera gravilla y el barro abraza las piernas de los viajeros intentando dejarles sin calzado.
Hacía tres días que habían partido de Castra Regina hacia el norte camino del último puesto fronterizo de la Legio III Itálica y del poblado que junto a él ha surgido. Tres días para hacer un viaje que no lleva más de una jornada, un viaje que se ha complicado terriblemente con las incesantes lluvias y el mal estado de los caminos. Los viajeros formaban la compañía itinerante de Altus el Magno, un personajillo de aspecto ratonil que no tiene nada de grande pero si de fatuo y engreído, unos cuantos músicos de calidad dudosa, un germano grande como un buey, una bailarina gala mas apreciada por su atractivo que por su arte y un cantor tan excepcional que todo el mundo se pregunta cómo ha acabado en una compañía como esta, y del que se suponen turbios y sórdidos secretos. Completan la compañía dos muleros y la querida de Altus que viaja en el carromato y se encarga de remendar los vestidos.
Altus tiene apalabrada una actuación en el poblado y además lleva un arcón muy pesado en la trasera del carromato que solo Ursus es capaz de mover y al que Altus no quiere que nadie salvo él se acerque. Podría parecer sospechoso e intrigante si cualquiera en la compañía no supiera que Altus trafica con armas con las tribus al norte de la frontera. La verdad es que a nadie le importa lo suficiente el tema como para hacerle ver que hace el ridículo intentando ocultarlo cuando es algo tan evidente.
Finalmente, al coronar una pequeña loma, que gracias al lento paso y las frecuentes paradas que propiciaba el estado de ruedas y camino más parecía una ladera del Monte Olimpo, pudieron atisbar su destino:
Llamar pueblo al conjunto de casas que se arraciman alrededor de la torre fortificada que mantenía la Legión es extremadamente generoso. Un conjunto de casas de madera y cañas rodeaba una torre de tres alturas de piedra grisácea con manchas verdosas de musgo. Un espacio abierto frente a la puerta de la torre hacía las veces de plaza y en ella se podía ver un alto poste de madera desbastada cuyo fin no podían imaginar.
- Nos espera nuestro público .- Exclamó Altus con sus bigotillos moviéndose con la brisa como los de una rata excitada.
- Menudo montón de mierda.- Murmuró Ursus, pero su vozarrón retumbate hizo que media compañía riese con sus palabras.