La clara luz del mediodía te ciega cuando abandonas las oscuras entrañas de la pirámide, mudo testigo del paso de las eras. En tu mano el ansiado premio a tus desvelos: el ídolo dorado de Atzlán, muestra del arte litúrgico de la perdida Atlántida. Cuando tus ojos se adaptan a la luz puedes ver un par de decenas de fusiles apuntándote y tras ellos unos malencarados soldados alemanes de uniforme negro.

Con gesto marcial y orgullo prusiano se adelanta el barón Von Drachenfeld aparentemente repuesto después de su caida libre sobre Sierra Madre a resultas de vuestro duelo a espada en el zeppelin del barón...

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miércoles 30 de noviembre de 2011

El hombre de negro

Paseaba por la ciudad una forma delgada y alta enfundada en una gabardina oscura. El cuello subido y el ala del sombrero ocultaban sus rasgos. Parecía un transeúnte cualquiera en la oscura noche. La suela de los zapatos repicaban sonoramente contra el asfalto mientras ojos furtivos le acechaban desde detrás de una esquina.


Se detuvo al ver salir dos individuos malencarados desde detrás de la esquina.


- Oiga amigo. ¿No tendrá unas monedas para tomar el tranvía? Es que aquí mi camarada y yo nos hemos quedado sin liquidez.



La voz del matón, rasgada sin duda por los excesos, parecía resbalar por la figura oscura, quien no pareció inmutarse, apenas parecía percibir que los ladronzuelos estaban allí.


- Eh, Curly, este tío te ignora. Seguro que tiene unas monedas para compartir, pero es un cerdo egoísta que no quiere ayudarnos a llegar a casa. Propongo que le demos una lección.


Ambos matones esbozaron una sonrisa cruel mientras sacaba de entre sus ropas navajas de hoja larga y estrecha, capaces de alcanzar el corazón de una persona de una puñalada. Mientras el primero que había hablado se adelantaba el otro comenzó a flanquear hacia la derecha.


El hombre de negro alzó la mirada, unos ojos azules como el hielo se fijaron en el atracador que se acercaba de frente. De repente, y sorprendiendo a todos comenzó a reír, lanzó una carcajada estentórea que reverberó en la calle vacía. Curly, cogido por sorpresa a punto estuvo de retroceder un paso hasta que, reponiéndose se abalanzó hacia aquel hombre que se había atrevido a reirse de él, en su cara, navaja en mano... Solo para encontrar su frente apoyada en el frío cañón de una pistola.
La luz de las farolas iluminaba una escena que parecía congelada. El hombre de negro, rígido como una estatua, sosteniendo en si mano una .45 cromada que mantenía apoyada en la frente de Curly, entre sus ojos. Curly inmóvil, sin atreverse casi a respirar para no provocar que sus sesos se desparramasen por el suelo. El único movimiento era el de su compañero que seguía desplazándose en silencio tratando de colocarse para atacar.
Curly vio pasar los siguientes segundos como si fuera una película en cámara lenta. Tom se lanzó al ataque lanzando una puñalada a la altura del cuello del hombre de negro pero este, antes de que la hoja le degollase, se movió a una velocidad apenas humana y una segunda .45 apareció en su mano izquierda. Antes de que Tom fuese consciente del movimiento tres balas se habían alojado en su pecho lanzándole en dirección contraria. Cuando cayó al suelo ya estaba muerto.


Todo había sucedido sin que el cañón cromado de la primera .45 se despegase de la piel de Curly, quien sintió un repentino calor en sus piernas.


- Curly ¿No? Bien, Curly, ya has visto lo que le ha pasado a tu amigo. Soy una persona generosa en mis apreciaciones y no creo que seas tan tonto como pareces. Tampoco creo que quieras decorar esta calle con tus sesos ¿Verdad?


Curly apenas podía mover la cabeza sin miedo a que se disparase el arma, su voz apenas salía entre sus resecos labios.


- Bien, estamos de acuerdo. No me apetece gastar más balas, no te imaginas lo caras que se están poniendo y, francamente, no mereces la pena. Solo quiero que me hagas un favor, ¿me lo harás?


Curly tragó saliva y asintió levemente, aliviado de encontrar una salida que no implicase una lápida para él.


- Este es ahora mi territorio. No quiero veros ni a ti ni al resto de escoria que infestáis este barrio. ¿Está claro? Al que no entienda estas instrucciones tan sencillas le meteré una bala entre ceja y ceja. Ahora hermano, ve y difunde mi palabra entre tus amigos. Tenéis dos días para desaparecer, si no ateneos a lo que suceda.


El hombre de negro levantó la .45 y Curly comenzó a correr en dirección contraria. Una tremenda detonación atronó en el callejón y una bala calibre .45 se alojó en la pantorrilla derecha de Curly, que cayó al suelo.


- No pensabas que te irías de rositas ¿no?


Una última carcajada llenó la calle mientras el hombre de negro desaparecía tras una esquina.

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